mother earth inspired tale

Cuentos capturados

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Lush Life, Burning Soul

por Bill Tiepelman

Vida exuberante, alma ardiente

Despertó en el crepúsculo entre la vida y la destrucción, un ser atrapado en el eterno tira y afloja de los elementos. Su nombre era Ashara, un mito susurrado por lenguas antiguas, olvidado por las modernas. La mitad de su cuerpo ardía con la furia fundida del núcleo de la tierra; su piel agrietada brillaba con la furia de los ríos de lava. La otra mitad florecía con una vitalidad inquebrantable, con musgo y follaje brotando desafiando las llamas. Su primer recuerdo fue el silencio del bosque. No el apacible, sino el pesado y sofocante silencio que siguió a la devastación. A su alrededor yacían los cadáveres de árboles ennegrecidos, con el suelo bajo ellos marcado por su propio renacimiento ardiente. Pasó los dedos por las líneas irregulares de sus brazos, mientras las brasas brillantes trazaban su camino como venas. Su otra mano, delicada y verde, rozó las hojas que crecían en su cabello, cada una prosperando contra viento y marea. La maldición del equilibrio Ashara no pidió existir así. Había sido humana una vez: una mujer sencilla llamada Elara, que vivía en los límites del bosque con su esposo, Toren. Hablaban en susurros sobre las llamas que se acercaban cuando los vientos se volvieron cálidos y secos. La tierra llevaba meses enfurecida. Los aldeanos rezaban, ofreciendo sacrificios a dioses que hacía tiempo que habían dejado de escuchar. Pero el fuego llegó de todos modos, consumiéndolo todo. Elara había sido la última en permanecer en pie, negándose a huir. Había rogado a los dioses que perdonaran a su esposo, su tierra, su gente. «Llévenme a mí», gritó al aire cargado de humo. Los dioses, crueles y caprichosos, le respondieron. Su sacrificio no había apagado el fuego; solo la había atado a él. Al despertar, ya no era Elara, sino algo mucho más grande y peligroso. La danza de las llamas y el follaje Pasaron siglos en soledad. Ashara vagó por el mundo, dejando a su paso destrucción y renacimiento. Las aldeas contaban historias de su muerte: una diosa ardiente con cabello de hojas y musgo, una mujer que trajo muerte y vida a partes iguales. Algunos la veneraban, construyendo santuarios en el corazón de bosques quemados. Otros maldecían su nombre, culpándola por las ruinas que dejó atrás. Pero la verdad era mucho más compleja. La existencia de Ashara era un ciclo que escapaba a su control. El fuego en su interior exigía arder, consumir, destruir. La vida en su interior luchaba por sanar, regenerarse, reconstruirse. Era una paradoja, una contradicción viviente, y su peso la aplastaba. "¿Por qué tengo que caminar siempre sola?", susurró una noche, con la voz ahogada por el crepitar de las llamas. El bosque a su alrededor rebosaba de nuevo: pequeños brotes verdes que brotaban de las cenizas que había dejado el día anterior. El fuego en su pecho ardía, y las tiernas hojas se marchitaron ante sus ojos. Cayó de rodillas, arañando la tierra; sus lágrimas se evaporaron antes de tocar el suelo. El extraño entre las cenizas Fue en una de esas noches, en un claro donde el aire olía a humo y flores, que lo conoció. Se llamaba Kael, y caminaba entre sus llamas como si no fueran nada. Su piel brillaba como el agua, sus movimientos eran fluidos y pausados. Donde pisaba, el suelo se enfriaba, dejando vapor a su paso. —¿Quién eres? —preguntó Ashara, con la voz más cortante de lo que pretendía. No estaba acostumbrada a las visitas, y menos a las que podían sobrevivir a su fuego. Kael sonrió, sus ojos como ríos lejanos que reflejaban la luna. «Un vagabundo, como tú. Un ser atado por fuerzas que escapan a mi control». Ella lo observó con cautela, mientras sus llamas lamían sus pies sin ningún efecto. Él se arrodilló a su lado, su tacto fresco contra su piel fundida. Por primera vez en siglos, sintió alivio; no la extinción de su fuego, sino su moderación. Su presencia no la reprimió, sino que la equilibró. Lo miró fijamente, preguntándose si se trataba de otra cruel treta de los dioses. La atracción de los opuestos Los días se convirtieron en semanas mientras Kael permanecía a su lado. Juntos, exploraron la extraña armonía de sus naturalezas opuestas. Cuando su fuego ardía demasiado, él lo calmaba; su toque era un bálsamo para su caos. Cuando sus aguas se enfriaban y se estancaban, su fuego les infundía vida. Bailaron entre extremos, y su conexión se profundizaba con cada día que pasaba. “¿Crees que esto es lo que pretendían los dioses?”, le preguntó una tarde mientras estaban sentados junto a un río, cuyo agua brillaba con el reflejo de sus llamas. Kael negó con la cabeza; su sonrisa se tiñó de tristeza. «Los dioses son crueles, Ashara. No planean, sino que prueban. Pero quizá hayamos encontrado la manera de engañarlos». Por primera vez, Ashara se permitió tener esperanza. Quizás no tenía que caminar sola. Quizás su fuego y su follaje, su destrucción y su renacimiento, podrían coexistir en equilibrio con las tranquilas aguas de Kael. La elección eterna Pero los dioses no son tan fáciles de engañar. Una noche, mientras Ashara y Kael descansaban bajo un manto de estrellas, el suelo tembló. Una voz resonó desde los cielos, fría e inflexible. —Desafías el orden natural —dijo—. El fuego y el agua no pueden coexistir. Elige, Ashara. Abraza tus llamas o entrégate a sus aguas. No hay término medio. Ashara miró a Kael con el corazón roto. Sabía que los dioses no les permitirían esta frágil paz. Elegir sus llamas significaba arder sola para siempre. Elegir sus aguas significaba extinguir su fuego y perderse por completo. Los dioses exigían equilibrio, pero solo bajo sus propios términos. —Tiene que haber otra manera —dijo Kael, con la voz temblorosa por la desesperación. Pero Ashara sabía que no era así. Las reglas de los dioses eran absolutas. —No elegiré —dijo ella con un rugido desafiante—. Si debo arder, arderé contigo a mi lado. Kael la agarró con una mano fría y firme. Juntos, se enfrentaron al juicio celestial; su fuego y su agua colisionaron en una tormenta de vapor y luz. El bosque que los rodeaba se estremeció mientras su desafío se extendía por el mundo. La leyenda sigue viva Nadie sabe qué fue de Ashara y Kael. Algunos dicen que fueron destruidos, pues sus fuerzas opuestas eran demasiado grandes para sostenerlas. Otros creen que se convirtieron en algo nuevo: una fuerza elemental de equilibrio, ni fuego ni agua, sino ambos. Los lugares que tocaron están marcados por una extraña belleza: bosques donde la lava fluye como ríos pero nunca arde, lagos que brillan con un resplandor interior, vida y destrucción entrelazadas en perfecta armonía. Hasta el día de hoy, los vagabundos en la naturaleza afirman verla: una mujer de fuego y follaje, con sus grietas fundidas brillando bajo su piel verde. Y con suerte, quizá también lo veas, un hombre de agua y calma, caminando a su lado. Juntos, le recuerdan al mundo que el equilibrio no es algo que se da, sino algo por lo que se lucha. Trae "Vida exuberante, alma ardiente" a tu mundo Celebra la poderosa esencia de Ashara con productos exclusivos inspirados en esta impresionante obra de arte. Ya sea que busques realzar la decoración de tu hogar o llevar contigo un trocito de esta historia elemental, estos artículos de hermosa elaboración dan vida al espíritu del equilibrio y la belleza. Tapiz de pared : transforme su espacio con este tapiz vibrante, que muestra la pasión ardiente y la exuberante vegetación de "Lush Life, Burning Soul". Impresión en lienzo : una pieza atemporal para cualquier pared, esta obra de arte captura la intrincada belleza de la dualidad de Ashara con detalles de alta calidad. Rompecabezas : arma la historia de Ashara con este rompecabezas desafiante pero gratificante que da vida a la obra de arte. 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